Un paso por la llama fría de la conciencia

 

 

Y el color desemboca en su propia afirmación en el blanco, en el negro. La amalgama de objetos se reconstruye en todas sus variantes, se organizan para rescatar una apariencia que nunca tuvieron y presentarse así, como los inquietos indicios exultantes del orden y la regimentación que la mente humana requiere para limitar y dejar de entender. 

 

Ella crea, concibe en sintonía con las cosas a la par que las despoja de su vulgaridad, las convierte en el tesoro codiciado de su propia aventura diaria y las instruye para erigirlas con cómplices silenciosas de su juego personal, íntimo, pautado. Ese mismo que ella desarrolla en soledad querida, acompañada de una horda de objetos en un caos heteróclito de presencias que absorben más y más el espacio y componen el retrato vívido de su regulado mapa cerebral. Ese mismo que genera propuestas de plástica limpia, impoluta, tocada de tersura. Ése que extrae la forma nítida de entre la acumulación selvática del tiempo creador sobrepuesto, posado en el taller, espacio donde fluye la desnudez privada más extrema de su dueña. Ése es su terreno, un coto privado e intransferible.

 

Ella sale a pasear con determinación, se va a trabajar ente el artilugio y la quincalla en sus ferreterías escogidas, donde dejan que descubra a su antojo esos elementos clónicos de nombre y función desconocidos, o voluntariamente olvidados, y ahora rescatados por su mismidad, por la eclosión de su encanto surgido en la curiosa operación de desarraigo, al extirpar la cosa de toda referencia dada, la que nubla cualquier otra posibilidad. Exaltación de la industria. 

 

La opción es fabricar un escenario nuevo para lo que es así arrancado.

 

A conciencia, el soporte, el decorado, es tratado con pintura de producción industrial, atrás quedó el tiempo y la intención de fabricar sus propios pigmentos. En este caso, blancos, negros y colores variados, aplicados en varias capas incrementando la densidad y sellando el indicio de cualquier huella caprichosa evidente. Todo con el máximo afinamiento. El color se expresa como superficie neta, uniforme, extendido hasta límites muy precisos y determinado con exactitud científica. El blanco actúa como territorio donde las sombras campan a sus anchas y ejercen su magistral dominio. Los objetos en busca de su nueva identidad se incrustan en la zona blanca del lienzo, la desgarran sin piedad y extienden sus dinámicas proyecciones sobre ese campo transparente donde todo relieve disemina el rastro de su presencia cambiante en el espacio, en el tiempo, y en la situación. 

 

Soporte, objeto y espacio, una vez hechos suyos, son tratados por igual, como materia plástica, elementos para idear. La realidad misma es sometida a una consideración plástica en el caso de esta autora. Todo cuerpo provisto de una entidad esconde en potencia la susceptibilidad de ser apropiado.

 

Cada una de las piezas exhibidas se preserva a sí misma por medio de listones que no sólo funcionan como marco, límite y parte integrante de la obra, con la que comparten la misma consideración material. También deciden la relación de cada trabajo con el entorno, junto al cual construyen una proposición global con identidad plena. Pues es el espacio continente el factor que, a priori, funciona como determinante para la elección o fabricación de las obras que lo adjetivarán, siendo el agente desencadenante del conjunto de variantes cuantitativas que constituirán la muestra. Las realizaciones nacen a la medida del espacio que ocuparán en un determinado segmento de tiempo, e interaccionan hondamente con él. 

 

No es casual que la autora opte muchas veces por la realización de series, ya que su producción forma parte de un sistema donde todo concuerda: los elementos internos de cada pieza, las piezas entre sí y con el ambiente externo. Se establece un flujo de correspondencias entre la totalidad de las variables que dota de unidad y trascendencia cada nueva manifestación de esta creadora.

 

Ella baila con ese trozo de tela que será su manifestación, ambos caen al suelo, y es así, frente a frente, con su material en la horizontal, ella sobre él, cuando empieza a fluir el diálogo. Ella lo adorna, lo perfora, lo cose, lo retoca hasta la perfección y lo construye. Él le devuelve su expresión dual reflejada a través de un mecanismo especular, entre lo reflexivo y la espontaneidad más sensitiva, pura dialéctica.

 

Así, como es ella, Edrix Cruzado, a la lumbre de la llama fría de la conciencia.

 

 

                                                                             Ana Puyol Loscertales

                                                                        Crítica de Arte