Espacio precipitado

               Cansada de aquella expectante geometría reguladora del ámbito libremente agresor, tan de batallas y sensaciones repetitivas, obsesionantes, como si fueran el único testimonio óseo de cualquier destrucción. El espacio, así, se transforma en un flemático colchón, capaz de vivir con holgura por su capacidad absorbente. De pronto, iniciándose febrero de 1996, aparece una línea pictórica con diferentes rasgos al período de transición, pero manteniendo algún punto distintivo que impidiera la típica ruptura desde un empezar sin lógica.

 

                Lo espacial, pues, queda abierto, sin final hipotético, generando con sus veladuras señales cambiantes en cuanto al significado, que oscila entre el matiz enigmático y la tenue movilidad dinámica. Mientras, el color en toda su obra, tan de dura tierra y cielo reflejándola, permanece dominado por su áspera fuerza, quizá porque, como sugiere el poeta Ángel Guinda, “la sola claridad está en lo oscuro”. Las huellas óseas, que sigue repitiendo desde su propia diversidad, marcan direcciones y acotan territorios, evocando, como antaño, una sensación aniquiladora, de formas conteniéndose.

 

                Tenemos, por tanto, espacios, colores y huellas, como irreductibles protagonistas de base. Es aquí, en este medio, por donde habitan insinuaciones acuosas y fantasmales rostros. Pero, sin duda, lo que resalta es uno o más cuerpos irregulares e impulsivos, poseedores de tal fuerza que revientan desde su interior para invadir el entorno. Están naciendo y se comportan cual sanguijuelas chupando aire.

 

                Para entonces, en esta impecable fusión compositiva de varios temas, el espacio se precipita hacia el abandono de su inicial vacío, transformándose en vida desde lo destructivo naciente.

 

 

                                             Manuel Pérez-Lizano Forns

                                                               Crítico de Arte