Entre amigos

 

No guardes las imágenes 

que sabes pensar y describir

 

GABRIEL FERRATER                                                                                                                          

 

              Lo tengo delante, está impreso en un recorte de los que forman la montaña de papeles que me rodéa el ordenador. Son líneas subrayadas de un artículo de Carlos Bousoño en un  fragmento de algo escrito no sé para qué: “La poesía, incluso esta poesía que a primera vista no parece serlo, se produce siempre, cuando se produce, por unos medios que son, en lo esencial, siempre los mismos.”

 

                Un puñado de palabras que suelo coleccionar; jirones de pensamiento ajeno que así me pertenece. Y si empiezo contando lo que puede parecer una bobada (persona) para iniciar lo que ha de ser mi visión de la pintura última de Edrix Cruzado es porque la casualidad, a modo de chiripa favorable, me lo ha cruzado como agente catalizador para encarar la escritura. Y juro que no es un recurso “literario”.

 

                Desde aspectos más formalistas, desde esa “concepción fría” que se dice, desde las anotaciones rápidas realizadas al contemplar estos cuadros de Edrix, puedo señalar (de entrada) el proceso  lúcido, rápido y resolutivo porque de la pintura de “signo”. Una manera de interpretar la pintura que, naturalmente, explícita o traduce un “tempo” creativo, bien a través de la variación estructural en la composición (forma-fondo), bien en la vivacidad del ritmo instrumentado en las repeticiones/ combinaciones (o huellas), bien, en definitiva, en la eficacia del “tejido narrativo” que se detecta en la audaz y deliberada “no representación” de sus signos plásticos.

 

                Cuando me refiero a pintura de “signo” lo hago desde parámetros del lenguaje; de tal modo que el referente (una pincelada, por ejemplo) que se incluye para protagonizar una composición es el enlace contractual, si se puede decir así, entre un significante y un significado.

 

                Hay que hacer notar también como la cuidada economía cromática (los amarillos dorados, los sepias y grises humo que se presentan como absorbidos y filtrados) a tono con el gesto/signo, abunda en una aquilatada tradición abstracta; y como se detecta una no menos clásica seriación de la producción que, según entiendo, insiste en configurar una realidad  objetual, unos motivos iconográficos (la propia materia “signada”) en animada relación dialéctica sujeto óbjecto.

 

                Pero abordar todo esto plantea problemas semióticos a la par complejos y apasionantes que nos llevarían a realizar, cuando menos, una incursión en la tipología de lo antirreferencial que, pasando por la pregunta del millón sobre si vale la pena adentrarse en las circunstancias y en que oscilación teórica situar los signos motivados y los convencionales (que según Eco pueden ser complementarios), nos abocaría en disquisiones acerca de la pertinencia de “todo esto” entre los fundamentos fenomenológicos de la percepción.

 

                Todo esto es interesante, y forma parte del “cuerpo” de la pintura, de su razón del ser, pero (como contaba al principio) antes de tropezar en las ideas, me he topado con un pedazo de papel impreso de sentido común. Además, claro, de la amigable visión, casi en primicia, de los cuadros recién terminados.

 

                Porque, además de pintura importante, en esta entrega que Edrix ha preparado, hay un mundo poético contenido en el devenir del gesto/signo elemental, configurado con metódica exactitud; y atrapado sin remedio en el reflejo del tiempo/metáfora, en el entorno de la ficción vital más voluntariamente versificada.

 

                Fiel e infiel a la vez a la objetividad, como un poema –como un cuadro- su pintura es un pedazo de realidad experimentada en el que, trazo a trazo (verso a verso), existe el proceso (vivir es un proceso) de desvelar ese “tempo” creativo que es, por un lado, “su” forma particular de representación, y por otra el lenguaje que determina su relación con el resto del mundo.

 

                Y es que la poesía se produce siempre de forma esencialmente igual, como si en vez de encontrada entre miles de combinaciones o procesos, hubiese sido provocada. De qué  manera si no, encarar los trazos ásperos que son a la vez sedosa mancha o, en su ausencia, caricia aleatoria de materia: es el signo externo, vital, explicitado como costumbre (que diría Kandisnky). O porqué recorre los fondos planeados para carecer de límites, y que son, en un color gris plata  extenso, brillante y dócil, como un territorio conocido en el que pasar muchas noches caminando sin rumbo.

 

                Edrix Cruzado sabe que es urgente atrapar un “tempo” intensamente pensado; intuye que es definitivo el detenerlo en imágenes porque ese va a ser su patrimonio, y nos lo insinúa en su pintura encaminada desde su comienzo a expresar algo, o por lo menos, a –como en el verso de Carnero- inventar que al fin hemos vivido.

 

                Menos mal que me he dado cuenta, y si lo intento escribir aquí (ella lo describe mejor), es desde el atrevimiento de estar entre amigos.

 

 

                                                                Vicente Villarrocha

                                                                       Crítico de Arte