El numinoso canto de la noche

 

 Con placer vivo en valle,       

 sonrío en la oscura noche;

 del amor la dulce copa

 me ofrecen todo

 Novalis 

                                                                                                                                            

                Durante los primeros años de su lenta pero firme aproximación,  jalonada por muchos y emocionados encuentros con las más misteriosas músicas y los más imprevistos aromas, pudimos conocer la delicada respiración y la serena pero sensual temperatura de las neblinas  o frágiles vapores que acompañan las primerísimas horas del día en los comienzos de la primavera (esas leves presencias húmedas que suelen emerger desde los imprecisos y estremecidos grises que preludian la luz intransitiva y dúctil de los amaneceres), aunque también la lenta calima sofocante que precede a los últimos destellos de la tarde (cuando el verano agota despacio sus fulgores y asume ensimismado las acres humaredas de todas las fogatas vespertinas que anuncian insonoras el rumor suspendido del otoño), pero la verdadera estatura del día, la sombra y sus objetos, las palabras exactas que definen y niegan el sentido profundo de la vida quedaban siempre ocultas, dejando entrever en ocasiones sólo algunos atisbos de ciertas realidades, a las que no podemos olvidar pero tampoco darles nombre, que pugnaban por adquirir formas y colores concretos o al menos rasgos de mínima verosimilitud, como si los pálpitos más inesperados o las pasiones menos confesables quisieran recuperar el dominio de aquellos territorios que siempre les pertenecieron y cuyo absoluto  control ejercen ahora las sucesivas epidemias de color y silencio que anegan y fecundan las pinturas de Edrix.

 

                Cuando esas vaporosas y delicadas máscaras, inmersas en el agridulce lirismo con que sobrellevamos los recuerdos, dejaban paso libre a la brutal o lánguida invasión de la luz, podíamos contemplar el orden aparente, geométrico y exacto, de algunas melodiosas canciones juveniles, y el equilibrio incierto de muchas esperanzas que no se alcanzan nunca, y los limpios perfiles de las innumerables obsesiones diarias, conjuradas por Edrix a base de paciencia indagación cromática –rescatando a los ocres de su siempre tenaz desasosiego, salvando al amarillo de cualquier contingencia que pudiera dañar su natural ternura, reinventando la núbil canción de los azules con la pasión certera de los enamorados, recuperando al verde de las indecisiones en que suele sumirle su carácter sensato, utilizando todos los recursos del negro para enmarcar los sueños y establecer los límites entre lo imaginado y lo imposible-,  atravesada pronto del febril entusiasmo necesario para llevar a cabo la búsqueda y conquista de los más esenciales valores de la forma, de las fuentes nutricias de todas las materias y todas las texturas, de los profundos cauces primigenios por los que cada noche discurren en perpetuo movimiento las luces, los colores, los aromas, las músicas que conforman y explican la existencia.

 

                Completamente segura de que la vida es fragmentaria e imperfecta y habiendo comprendido que los misterios más insondables se desentrañan siempre a partir de lo ya conocido, sigue avanzando entre los campos de color (cada vez más móviles e imprecisos, más vivos y fluidos pero también mucho más turbulentos y sometidos a los avatares de corrientes y torbellinos absolutamente imprevisibles), se libera de los resabios geométricos y de ciertos simbolismos que propendían a la clausura del dionisíaco devenir de las pasiones y los sentimientos, y se zambulle valientemente, con todas las consecuencias, en un medio fluyente y casi vertiginoso regido por los designios y la feracidad ilimitada de la noche.

 

                Esta liberación de márgenes y compensaciones será tan decisiva que ya está permitiendo la certera recomposición de los equilibrios, de modo que la pintora Edrix Cruzado –redescubriendo definitivamente el placer de pintar- selecciona ciertas formas de condición y naturaleza indeterminada (filiformes y afiladas muchas veces, aproximadamente orgánicas en otras ocasiones),  las identifica y diferencia mediante gruesos trazos de vigoroso negro nocturnal y las organiza o deja derivar en un medio aparentemente fluido y en eterno movimiento, que parece progresar (entre muy expresivos colores sólidos cuya contundente opacidad no excluye la sorpresa de las transparencias, siempre en las gamas de verdes, tierra, amarillos, azules, tan característicos en su obra) bajo el hipnótico influjo de una música subyugante y cadenciosa, que regula y ordena con inflamada y contagiosa dulzura esta deslumbrante y expresionista manifestación de sereno arrebato pictórico –la eficaz estructura compositiva, la sutil gradación y severidad de las gamas de color, el moroso pero permanente movimiento de las formas, e incluso las proporciones y formatos de los grandes soportes en que viven, están  perfectamente calculados- y espléndida celebración vital- que proclama y esconde con  pícara inocencia un lúdico universo de sensual hedonismo-, festines emotivos que suceden y, por tanto, que pervivirán siempre bajo la poderosa y benéfica influencia del numinoso canto de la noche.

 

 

                                                                     Rafael Ordóñez Fernández

                                                                            Historiador de arte y prologuista