Edrix Cruzado o el espacio luminoso de los colores

 

 

              Tengo para mí, justo desde el mismísimo 1992, año en el que Edrix Cruzado comienza su andadura pictórica, que esta mujer atesora en su tierna y al mismo tiempo rotunda y fuerte presencia todas las cualidades definitorias del artista con garra y con paleta propia.

 

                Desde aquellos momentos iniciales en los que predominaba un geometrismo interpretado a partir del plano monocromos zascandileados por un fuerte colorido siempre cambiante y plasmado en sutiles áreas expresivas, hasta las sesudas experimentaciones (La melodía del color, 1995, Galería Moldurarte), cuando comienza a navegar sobre espacios móviles fuertemente condicionados por un colorido austero tamizado aquí y acullá por unas veladuras plenas de significados, o más recientemente (Rasgos de la incertidumbre, 1998, Galería Ostalé; Vértigo espacial, 1999, Torreón Fortea; Fuga velada, 2000, Museo de las Américas de Puerto Rico),  ya la inquietante y al mismo tiempo gratificante presencia de objetos irregulares, geometrías en perpetua transformación merced a unos colores sorprendentemente restallantes que abren las puertas al misterio de la creación, esta pintora muestra una evolución muy cuidadosa y respetuosa con esa profesionalidad característica de todo artista con pedrigí y ganas de hacerse en lugar en la historia del arte.

 

                Ahora mismo, en la iglesia de San Atilano de Tarazona, nos ofrece una muestra de sus más recientes experimentaciones. Abandonadas -nunca podríamos asegurar que definitivamente- las formas geométricas de sus trabajos anteriores, dueña de la ocultación y del sibilinismo a la hora de mostrar sus intenciones, ofrece al ávido observador una totalidad de referencias culturales de gran complejidad, que toman cuerpo desde la misma ubicación espacial del evento, evidentemente decisivo en la elección de formatos (cuadros  que van del 1’30 X 1’30, los más pequeños, hasta un 1’30 x 1’95 los mayores), en los que la disposición y utilización de colores dominantes siempre relacionados responde a una deliberada intención donde el cromatismo anuncia mucha reflexión previa a la hora de ordenar esa especie de calvario simétrico convertido en recorrido cabalístico que nos conduce al singular montaje del altar mayor, querencia de totalidad la cruz blanca sobre amplio rojo fuerte y las espinas de alambre en el suelo, o lo que es igual, arte hecho hombre con las seculares y propias inquietudes de las cosas espirituales.

 

                Todo el conjunto responde, pues a la manifiesta voluntad que intuyo en Edrix Cruzado -¡ay, la subjetividad del escribidor!- de reflexionar sobre el tránsito: desde la vida a la muerte, desde la juventud a  madurez, tránsito atisbado desde una especie de sordo silencio marcado por ventanas a cada instante distintas, siempre abiertas a la mutación, ahí con el distanciamiento, más allá creando sorprendentes perspectivas en función de cómo funcione la luz o la oscuridad, matices distintos, distintas perspectivas, y eternamente una historia de amor presente, los rostros, esos sutiles objetos imperceptiblemente marcados, cuya presencia conforman la particular visión de la artista sobre el tiempo y el espacio, espacios diversos y ordenados en los que cualquier observador hallará las sugerencias buscadas, fuente de ese optimismo que destaca por entre las manchas, signo ascensional donde la materia se transforma en pura espiritualidad.

 

                Si tuviera que destacar algún lienzo sobre el conjunto me quedaría con Grises quebrados, en el que la riqueza de espacios para producir siempre la misma significación, junto con una polifocalidad dispersa pero profundamente tramada es nota dominante, aquí y acullá veladuras, propia por otra parte de todos cuadros que hoy cuelgan en San Atilano, con una deliberada secuencialización y desarrollo muy próximos, o así me lo parece, a aquellos recursos goyescos que desembocan en la lectura del cuadro dentro del cuadro, múltiple protagonismo del tiempo y de la vida hasta que rinde aliento para plasmarse en un consumatum est definitivo, la obra de arte redonda, el artista pleno y satisfecho con su trabajo, ya para la inmortalidad, eterno y tan frágil cual toda existencia. O reparen en Espacio hermético, la gama de colores a guisa de laberinto donde queda presa la mirada hecha agua,  rememorando la ausencia de nenúfares ocultos, siempre la obsesiva necesidad de construir espacios múltiples en los que se esconden rostros difuminados, figuras oníricas, hombres muchos mudos tras puertas ciegas esperando que ordenado el caos puedan alcanzar una felicidad incierta, en el tiempo los insondables arcano del yo, con enorme fuerza y rotundidad, ¿acaso la memoria de una psicóloga, al fin y al cabo ciencia en la que Edrix Cruzado es experta?

 

                Y también deberían detenerse ante Líneas y destellos, todo luz y aire sobre naranjas, verdes y negros, pura defragmentación corporal donde la verticalidad se acompasa sobre diferentes ejes que sugieren un mundo al revés: desde el caos ascienden, en heroica búsqueda, tratando de franquear el umbral, a partir de cuidados cortes diagonales -presencia de la cultura-, las sombras de la vida, años pasados y presentes, texturas salpicándolo todo, rostros que gritan y explotan, sí, esos destellos que tratan de abandonar el reino de la penumbra  sugiriendo continuas formas cambiantes, voces compartidas que salen de los colores para inundar de optimismo la mirada, tratando de integrar los gestos diferentes en un todo.

 

                La muestra que hoy nos ofrece Edrix Cruzado es un ejercicio de riesgo que significar el final de un ciclo y el inicio de una nueva andadura donde la presencia de sus obsesiones anteriores cobra nueva y floreciente dimensión. Atrás quedan los grises, negros y dorados anteriores, para construir ahora una explosión de vida donde en cada tela se palpa la exuberancia y riqueza de formas conformando una orgía de espacio y de color de la que manan múltiples visiones y sentimientos acerca de la vida y el paso del tiempo, matizada la sensualidad de muestras anteriores, menos expresiva pero rotunda. El amor, un amor acompasado define la superposición de visiones plurales resumidas en la unidad del cuadro. Si alguna vez había perdido algo el hombre, incluso su propio pasado, si acaso se demoró excesivamente en el laberinto y ningún hilo de Ariadna tuvo a mano para beber la luz, Edrix nos ofrece hoy la mano salvadora desde unas celdillas transformadas en cielos donde olvidar las lágrimas, consumada definitivamente la salvación, no es vano somos como esos cirios del montaje central, siempre consumiéndose y a la par presencia, puro encantamiento donde anida la esperanza y el arte.

 

                                                          Antonio Domínguez Domínguez

                                                               Profesor Universidad de Zaragoza