Edrix Cruzado, la esencia del ser

Trampas de la luz y de la sombra sobre el alma,

Juegos y rivalidades de todo lo que aparece,

Miradas del dolor y del amor, oh llamas inmensas

Que un reflejo hace nacer y morir,

Todo un mundo apoyado en un soplo que canta,

Todo el cielo derrumbándose en el fondo de un gran  agua durmiente…

 

El Río Escondido. JEAN TARDIEU

 

 

En su conjunto, la obra  plástica de Edrix Cruzado parece estar regida por la imaginación poética del agua. <<El agua -dice Bachelard-  es el elemento transitorio, un destino esencial que metamorfosea  sin cesar la substancia del ser…>>  Edrix  es una artista consagrada al agua; al ritmo de los empujes de su propia alma, embargada por el sentimiento de lo perdido y de lo hallado, se va transformando sin cesar en su fluir inexorable hacia su propio destino, como también lo hace su obra, siempre renovada, para aportarnos las claves esenciales de su visión del mundo.

 

Si en sus etapas anteriores la poética de Edrix se sustentaba en una compleja trama pictórica de cadenciosas corrientes en ascensión, impulsadas por la inmanencia del sentimiento y la persistencia de la memoria, la artista emprende ahora un camino definido por una nueva  y sorprendente sobriedad. Flujos muchos más calculados, rígidos y herméticos transportan ahora en su pintura esos sentimientos de vida que anteriormente parecían flotar en tornasoles, dejando a su paso una estela de luminosos cromatismos sobre los espacios pictóricos de móvil materialidad. Edrix  apuesta en esta nueva serie por expresarse a través de un discurso mucho más conceptual, cuya concisión no da cabida al desarrollo de lo narrativo, ni permite apenas actuar a los rastros expresivos de la acción pictórica que empapaban los soportes de una inagotable carga de sugerencias. La estructura de lo racional –que en su obra anterior operaba en un plano subyacente- ha tomado las riendas del poder con prepotencia y el juego conceptual implica a todas las fases del proceso de creación, a todos los planos de la obra, que surge depurada al máximo, en la línea de lo que Mies Van de Rohe definió como <<Menos es más>>.

 

En esta nueva planificación extremadamente calculada de sus obras, Edrix limita al máximo lo pictórico-gestual, que se había desarrollado hasta ahora exclusivamente en el plano ilusorio bidimensional, y otorga a ciertos elementos tridimensionales extraídos de la realidad  un papel muy activo. La artista mueve en la sombra los hilos de todo este depurado y rico universo y concibe con inteligencia sus espacios para que estos elementos matéricos, de  carácter representativo y dinámico, puedan funcionar eficazmente, con cierta autonomía y con una sorprendente  expresividad.

 

La nueva poética conceptual de la última obra de Edrix Cruzado es de carácter eminentemente dialéctico; la continua confrontación de términos opuestos interdependientes es la nota que dota de unidad y sentido a estas series, en apariencia tan dispares, que ahora nos presenta. Sus fascinantes espacios constituyen ámbito de luchas entre lo natural y lo artificial, lo positivo y lo negativo, lo vertical y lo horizontal, lo lógico y lo subjetivo, lo intelectual y lo pasional, los  cuerpos y sus sombras… El discurso dialéctico opera en todo momento, tanto en sus grandes series pictóricas –donde se hace más obvio-, como en los pequeños dibujos de grafito y metal, y aquellos otros en los que lo matérico alcanza una importancia primordial con la integración de elementos extraídos de la propia naturaleza.

 

La primera impresión que produce la nueva serie pictórica de Edrix Cruzado es su extrema austeridad formal, la sensación de perfecto equilibrio que inspiran sus campos rectilíneos , ordenados y tersos acentuada por su colorido simple, puro y contrastante. Aquellos  espacios fugaces, propios de sus etapas anteriores, que se expandían ante nuestros ojos con su variedad de matices y cadencias, parecen ahora fluir con extrema lentitud ateniéndose a un ritmo monosódico, lastrados  por una grávida densidad, alineados, modulados, compartimentados por una inercia insoslayable  que les impide toda espontaneidad. Surgen ahora, en cambio, campos de color siempre limitados por la rectitud de sus bordes, que configuran un universo lógico, pautado, en el que las relaciones espaciales están constreñidas por estrictas leyes de oposición binaria en juegos de positivo y negativos, de verticales y horizontales. Pero este mundo superlógico tiene su contrapunto en la aparición de ciertos elementos vulgares provenientes del mundo industrial,  materiales de obvia artificialidad significadores de nuestra sociedad de consumo, tan altamente tecnificada como deshumanizada: ganchos metálicos, gomas y tubos flexibles, humildes quintaesencia de nuestra época industrial que van pulsando rítmicamente los espacios, esparciendo dosificadamente  sus sombras dinámicas y su carga de ideas, sentimientos y sensaciones. Hay que recordar que lo imprevisto es un germen de lo caótico en el orden e introduce elementos inestables y reacios a la fijación: provistos de curvaturas, flexibilidad y blandura, cargados de enigmáticas significaciones, la presencia desconcertante de estos elementos provoca  una sostenida  tensión en la rígida trama de lo racional. Mediante este proceso conceptual, Edrix convierte  sus espacios  en lugares polisémicos y paradójicos, que aparecen ajustarse a la idea del filósofo Gastón Bechelard cuando afirma: <<Las imágenes más bellas son con frecuencia  los lugares de la ambivalencia>>.

 

Es en sus obras más pequeñas, aquellas en las que Edrix Cruzado integra elementos extraídos  de la propia naturaleza, dónde la vía dialéctica se centra sobre todo en un diálogo continuo entre los propios cuerpos físicos y sus sombras. Si los cuerpos enfatizan su propia esencialidad matérica sobre el estremecedor vacío de los fondos blancos, en las sombras hallamos presagios de una belleza desconocida e inefable. Ambos conforman un nudo de relaciones y de interconexiones que plantea una poética de lo efímero, una reflexión profunda sobre el mundo como lugar de tránsito, en constante cambio y transformación. Porque, como expresara  Bachelard: << Nada es evidente. Nada está dado. Todo es construido>>. Pequeñas maderas, cortezas de árbol, palitos en ocasiones levemente revestidos de estopa, etc. Se presentan ante nuestros ojos individualizados – recuérdese que toda individuación es expresión- con una desnudez profundamente emocional, haciendo obvia la fragilidad de la materia y los efectos del paso del tiempo. Las pequeñas piezas de metal que Edrix sitúa sobre sus superficies cuarteadas, ajadas, herrumbrosas, activan nuestra imaginación dinámica y surgieren en sus juegos de luces, sombras y reflejos, nuevos mundos formales incontenibles, sumamente activos y plenos de barroquismo, componiendo pequeños universos de relaciones azarosas que toman forma para desvanecerse al poco, evocando también lo inconsistente, lo incidental, lo fugaz…

 

Estos mismos conceptos parecen sugerirse también en la serie de dibujos al grafito combinados con pequeñas piezas de metal, para cuya realización Edrix Cruzado ha elegido –a diferencia de su serie pictórica- una vía más espontánea que incluye aportaciones imprevisibles y enriquecedoras de la acción directa, de lo inconsciente y del azar. Los flujos ascensionales, que pueden presentarse solos o agrupados en haces, adquieren formas filiformes en continua evolución secuencial siempre resueltos con una técnica sumamente sensitiva. La confrontación entre lo estático y lo dinámico que se adivina  en la inestabilidad de las superficies cambiantes y fluidas propias de lo metálico en esa especie de broches que sirven de contrapunto y adquieren en el ámbito formal categoría de símbolo que cierra, abre, limita o predetermina el sentido de los flujos. El ser y su devenir, el espacio y el tiempo, se expresan con toda intensidad en estas líneas más o menos gruesas, más o menos intensas, entre la dilatación y la contracción, entre el repliegue o el despliegue. Porque el ser es, sobre todo, sus diferencias, sus contradicciones, sus devenires… Edrix asiste a una proyección de su ser, dejándose llevar por este misterioso cinetismo ascensional que la transporta a las regiones de la imaginación pura, de la libertad suprema, del infinito.

 

 

                                                                      Juan Ignacio Bernués Sanz

                                                                      Crítico de Arte